Entre lo que todavía arrastramos y los futuros a los que ya respondemos
Una persona recibe una promoción. Más responsabilidad. Más reconocimiento. Más confianza por parte de la empresa.
Y, casi inmediatamente, piensa: ¿Y si no lo hago bien y me despiden?
Entre la promoción que estaba ocurriendo y la hipótesis de un despido que su miedo ya había empezado a construir, su mente había recorrido, en apenas unos segundos, una distancia enorme.
La escena me parece reveladora.
Quizá el estrés empieza a resultar más comprensible cuando advertimos que no siempre reaccionamos únicamente a lo que está ocurriendo.
A veces reaccionamos también a aquello que creemos que está en juego y a lo que nuestra mente anticipa que podría ocurrir.
El estrés no siempre está donde creemos
Cuando hablamos de estrés, solemos pensar en las circunstancias: demasiado trabajo, demasiadas responsabilidades, demasiadas decisiones.
Y, por supuesto, a veces el problema está ahí. Pero las circunstancias, por sí solas, no explican por qué determinadas situaciones nos activan tanto.
Dos personas pueden encontrarse ante una situación similar y sentir que tienen cosas muy diferentes en juego.
Para una, una nueva responsabilidad puede significar crecimiento. Para otra, exposición. Para una, una oportunidad. Para otra, la sospecha de que alguien podría descubrir que no merece del todo el lugar que ocupa: una experiencia que hoy reconocemos con frecuencia bajo la expresión «síndrome del impostor».
La situación puede ser la misma. El significado, no necesariamente.
El estrés no tiene que ver únicamente con cuánto tenemos que hacer. También con aquello que creemos que está en juego cuando lo hacemos, cuando lo posponemos o cuando sentimos que no lo hacemos con el nivel de excelencia que nos exigimos.
Una reunión puede convertirse en una prueba. Una tarea pendiente, en la demostración de que no estamos llegando.
Y una oportunidad puede empezar a sentirse como un riesgo.
Cuando la mente se adelanta
La capacidad de anticipar es una de nuestras grandes ventajas adaptativas. Nos permite imaginar dificultades, prepararnos y aprender de experiencias anteriores.
Pero esa misma capacidad tiene un coste.
Robert Sapolsky, uno de los científicos que más ha contribuido a comprender la biología del estrés, ha dedicado buena parte de su trabajo a estudiar una peculiaridad especialmente exigente de nuestra relación con él: los seres humanos no necesitamos estar ante una amenaza inmediata para activar una respuesta de estrés.
También podemos responder a aquello que interpretamos como amenazante. A lo que recordamos, anticipamos o imaginamos.
Sapolsky ha subrayado especialmente la importancia del estrés psicológico y de variables como la percepción de control o de predictibilidad en nuestra respuesta al estrés.
Podemos vivir psicológicamente en respuesta a un futuro que todavía no existe
La promoción era real. El despido, una hipótesis.
Pero un pensamiento puede traer consigo otros:
¿Y si no estoy preparado? ¿Y si decepciono? ¿Y si se dan cuenta de que cometieron un error?
La situación no ha cambiado. Pero la respuesta empieza a organizarse alrededor de una posibilidad futura. Y, en determinadas circunstancias, empezamos a responder ahora a algo que todavía no ha sucedido y que quizá nunca suceda.
Cuando la alerta se convierte en costumbre
En un proceso de coaching ejecutivo acompañé a una directiva, con excelentes resultados profesionales: responsable, comprometida. Exigente consigo misma.
Y, sin embargo, vivía con frecuencia en estado de alerta.
Le preocupaba hacer lo correcto, no llegar a todo y no atender suficientemente a las personas que sentía que debía atender.
Decía necesitar tiempo para pensar, descansar o simplemente estar.
Pero cuando ese tiempo aparecía, tampoco siempre producía descanso.
No siempre llenamos el tiempo porque tengamos mucho que hacer. A veces lo llenamos porque el vacío empieza a preguntarnos cosas para las que todavía no tenemos respuesta.
Otro cliente, un empresario que había conseguido consolidar su negocio después de años de esfuerzo, tampoco conseguía detenerse.
La empresa estaba estable. Pero él no.
Le costaba hacer vacaciones. Su respiración era rápida. Siempre parecía haber algo que atender, anticipar o resolver. Había vivido durante tanto tiempo a una determinada velocidad que ya no sabía cómo salir de ella.
Las circunstancias habían cambiado. Pero su cuerpo parecía no haber recibido todavía la noticia.
Aquí aparece una de las cuestiones más importantes del estrés sostenido.
Podemos acostumbrarnos tanto a una determinada forma de activación que dejamos de percibirla como activación.
A veces nos acostumbramos tanto a vivir acelerados que dejamos de percibir la aceleración. Acaba pareciéndonos, simplemente, nuestra manera de vivir.
Y cuando esa aceleración se comparte —cuando casi todo el mundo parece ir deprisa y estar disponible— resulta todavía más difícil reconocerla.
El diálogo interno también puede mantener la alerta
El estrés no solo tiene que ver con aquello que ocurre fuera. También con el diálogo interno que mantenemos mientras ocurre. La voz que anticipa, exige, compara e interpreta:
- “No puedes fallar”.
- “Todavía no es suficiente”.
- “No deberías descansar”.
- “¿Y si sale mal?”
La repetición importa.
No porque cada pensamiento repetido quede grabado mecánicamente en nuestro cerebro como una verdad. Pero aquello a lo que volvemos una y otra vez puede ganar familiaridad y convertirse en una vía de interpretación cada vez más accesible.
La investigación psicológica reciente agrupa procesos como la preocupación y la rumiación bajo un marco más amplio: el pensamiento negativo repetitivo. Ambos pueden convertirse en formas persistentes y difíciles de interrumpir, más allá del contenido concreto del pensamiento o de si este se orienta hacia el pasado o el futuro.
No todo pensamiento repetitivo es problemático. A veces volver sobre una cuestión nos ayuda a comprenderla o encontrar una solución.
Pero otras veces repetimos sin acercarnos realmente a una respuesta.
Con el tiempo, algunas interpretaciones pueden llegar antes que nuestra reflexión.
Una anticipación empieza a sentirse como una certeza.
Un «debería» se convierte en una orden.
Una posibilidad se experimenta como si ya estuviera sucediendo.
No siempre elegimos primero y repetimos después. A veces repetimos durante tanto tiempo que necesitamos volver a aprender a elegir.
Quizá no necesitamos pensar menos.
Quizá necesitamos dejar de reaccionar de manera tan inmediata a nuestros pensamientos.
No es lo mismo pensar: «Soy egoísta». Que advertir: «Estoy teniendo el pensamiento de que soy egoísta».
La diferencia puede parecer pequeña. Pero introduce un espacio.
Recuperar un pequeño espacio
La meditación y la respiración se han incorporado progresivamente al lenguaje del bienestar y también al de la eficacia profesional. Se presentan como recursos para concentrarnos más, rendir mejor o gestionar la presión. Y pueden serlo.
Pero quizá su aportación más interesante no consista únicamente en ayudarnos a funcionar mejor dentro de la misma velocidad. También pueden ofrecernos la posibilidad de advertir qué está ocurriendo antes de reaccionar automáticamente.
La respiración puede devolvernos, durante unos instantes, a una experiencia corporal presente mientras nuestra mente está ocupada anticipando otra cosa.
La meditación puede ayudarnos a observar un pensamiento sin tener que discutir con él, eliminarlo o convertirlo inmediatamente en una instrucción.
No necesariamente para conseguir que desaparezcan la ansiedad, la duda o el miedo. Sino para dejar de estar completamente dentro de ellos.
Pensar no demuestra.
Anticipar no garantiza.
Sentir no obliga.
Lo que las transiciones pueden revelar
Las transiciones hacen especialmente visibles algunas de estas dinámicas.
Cambian el cargo, la empresa, la responsabilidad o el ritmo.
Pero no cambia automáticamente la manera en que hemos aprendido a responder.
Podemos alcanzar estabilidad y continuar buscando el siguiente problema.
Podemos disponer finalmente de tiempo y descubrir que no sabemos detenernos.
Podemos recibir una promoción y responder antes a la amenaza que imaginamos que a la oportunidad que tenemos delante.
Lo que cambia fuera no siempre cambia inmediatamente dentro.
No porque haya algo incorrecto en nosotros. Sino porque aprender una manera de responder y dejar de responder de ese modo son procesos diferentes
Una de las preguntas más interesantes ante el estrés no es únicamente:
- ¿Qué tengo que hacer para reducirlo?
Sino también:
- ¿A qué estoy respondiendo cuando vivo en alerta?
- ¿A lo que está ocurriendo?
- ¿A lo que temo que ocurra?
- ¿A una exigencia que llevo años repitiendo?
- ¿A una manera de responder que, en algún momento, tuvo sentido y que hoy continúa funcionando por inercia?
Comprender el estrés no empieza únicamente por preguntarnos cómo reducirlo.
Empieza también por preguntarnos a qué estamos respondiendo cuando vivimos en alerta.
Porque desacelerar no consiste simplemente en hacer menos.
Puede consistir, antes que nada, en recuperar la posibilidad de elegir cómo respondemos.
Victòria Conesa
Psicóloga y Executive Coach | Especialista en estrés y transición vital hacia la jubilación de directivos | Identidad, propósito y cambio
