¿Y si el problema no fuera la falta de tiempo?

Cómo la relación con el tiempo influye en el estrés, las transiciones y la calidad de vida

«Pensaba que al jubilarme tendría, por fin, tiempo. Lo que no imaginaba era que seguiría sintiendo que llegaba tarde a alguna parte.»

Durante un proceso de coaching ejecutivo, un directivo recientemente jubilado compartió conmigo esta reflexión. Había dejado atrás años de reuniones, decisiones complejas y una agenda que apenas dejaba espacio para el descanso. Sin embargo, la sensación de urgencia seguía intacta. Ya no existían plazos que cumplir ni un teléfono que reclamara su atención a cada momento. Aun así, cada mañana despertaba con la impresión de que algo urgente le esperaba.

Aquella conversación me hizo pensar que quizá el tiempo del reloj y el tiempo psicológico no siempre avanzan al mismo ritmo.

Durante buena parte de nuestra vida repetimos una misma frase con absoluta naturalidad: «No tengo tiempo» o «No me da la vida». La pronunciamos al cancelar una comida con un amigo, al posponer unas vacaciones o al dejar para más adelante aquello que realmente nos importa. Con el paso de los años llegamos incluso a creer que el estrés es una consecuencia inevitable de una agenda llena.

Sin embargo,

¿y si el problema no fuera únicamente la cantidad de cosas que hacemos?

¿Y si el verdadero problema fuera la manera en que hemos aprendido a relacionarnos con el tiempo?

Porque quizá la frase que mejor resume nuestra época sea esta:

El problema no es que no tengamos tiempo.

El problema es que hemos aprendido a relacionarnos con el tiempo como si siempre estuviéramos llegando tarde a nuestra propia vida.

¿De dónde nace realmente el estrés?

La mayoría de las personas atribuyen el estrés al exceso de tareas. Es una explicación comprensible, pero incompleta.

Desde hace décadas, la psicología viene mostrando que el estrés no depende únicamente de lo que nos sucede, sino de la forma en que interpretamos esas situaciones y de los recursos que creemos tener para afrontarlas. Richard Lazarus y Susan Folkman revolucionaron esta comprensión al proponer que el estrés es, ante todo, el resultado de una evaluación psicológica de la realidad.

Quizá ocurra algo parecido con el tiempo.

No solo nos estresan las horas que faltan. Nos estresa también la forma en que hemos aprendido a habitarlas. Vivimos como si cada minuto necesitara justificar su existencia.  Como si descansar solo estuviera permitido cuando ya hemos sido suficientemente productivos.  Como si detenernos implicara perder terreno frente a los demás.

Con el tiempo, esa forma de vivir deja de ser una elección consciente y se convierte en un hábito psicológico. Y los hábitos, cuando se cronifican, terminan formando parte de nuestra identidad.

Robert Sapolsky, profesor de biología y neurología en la Universidad de Stanford, ha mostrado cómo nuestro organismo puede mantener activados los sistemas fisiológicos del estrés incluso cuando la amenaza objetiva ha desaparecido. El problema ya no reside únicamente en el entorno, sino en la forma en que nuestro cerebro ha aprendido a anticipar y responder a la urgencia.

Quizá por eso algunas personas continúan sintiendo que siempre llegan tarde, incluso cuando la agenda ya ha dejado de marcar el ritmo de sus días. El reloj exterior cambia antes que el reloj interior.

Antes de aprender a gestionar el tiempo, todos aprendemos —casi sin darnos cuenta— qué significa, para nosotros, aprovecharlo. Esa creencia se construye a partir de nuestra educación, la cultura en la que vivimos, las organizaciones en las que trabajamos y, hoy también, de los mensajes que recibimos a través de las redes sociales. Con el paso del tiempo deja de ser una idea para convertirse en una forma de mirar la vida.

Durante años hemos hablado de gestión del tiempo como si el objetivo consistiera únicamente en organizar mejor la agenda. Sin embargo, el tiempo no puede gestionarse: las horas de un día seguirán siendo veinticuatro. Lo que sí podemos aprender a gestionar es la forma en que nos relacionamos con él. Esa relación influye en nuestras decisiones, en nuestra percepción de urgencia, en el estrés que experimentamos e incluso en la calidad de nuestra vida.

La relación con el tiempo puede definirse como el conjunto de creencias, hábitos, emociones y expectativas que determinan cómo interpretamos el paso del tiempo y cómo decidimos utilizarlo, un concepto diferente de la tradicional gestión del tiempo. No depende únicamente de las horas disponibles, sino del significado psicológico que atribuimos a nuestro tiempo. Por eso, dos personas con la misma agenda pueden experimentar niveles muy diferentes de estrés, satisfacción o sensación de libertad.

Tres maneras de relacionarnos con el tiempo (y cómo afectan al estrés)

El tiempo productivo

En esta forma de vivir, el valor del día se mide por lo que hemos conseguido.

La agenda se convierte en el centro de gravedad de la vida. Los objetivos marcan el ritmo. Incluso el descanso se interpreta como una inversión para rendir mejor al día siguiente.

Esta relación con el tiempo resulta extraordinariamente útil para liderar proyectos complejos, asumir responsabilidades o construir una carrera profesional. El problema aparece cuando se convierte en la única forma posible de experimentar la vida.

Entonces dejamos de preguntarnos cómo estamos para preguntarnos únicamente cuánto hemos avanzado.

La paradoja es que incluso aquellas actividades que elegimos para descansar pueden terminar sometidas a la misma lógica del rendimiento. Un paseo en bicicleta un domingo deja de ser una experiencia placentera para convertirse en un reto personal: recorrer más kilómetros que la semana anterior, mejorar el tiempo, superar una marca o justificar que ese espacio de descanso también ha sido «aprovechado». Sin darnos cuenta, la autoexigencia acaba colonizando incluso el ocio.

Quizá el problema no sea únicamente que vivimos deprisa. Es que hemos aprendido a valorar nuestro tiempo casi exclusivamente por su utilidad.

El tiempo ocupado

Existe otra forma, más sutil, de relacionarnos con el tiempo. No siempre necesitamos producir. A veces sentimos la necesidad de estar ocupados.

La agenda llena transmite tranquilidad. El silencio incomoda.

Durante años observé este patrón sobre todo en personas con grandes responsabilidades profesionales. Sin embargo, cada vez aparece con más frecuencia en profesionales jóvenes que viven una presión diferente.

En algunos procesos de coaching, hombres y mujeres de poco más de treinta años describen una sensación curiosa: cuando por fin disponen de una tarde libre, experimentan cierta ansiedad si no hacen algo «interesante» con ella. No basta con descansar. Parece necesario que el tiempo libre sea intenso, memorable o digno de ser compartido.

Las redes sociales no han creado esta necesidad, pero sí parecen haber amplificado una idea silenciosa: incluso el ocio debe justificar su utilidad.

Ya no basta con trabajar mucho. También debemos disfrutar mucho:

viajar, aprender, entrenar, descubrir nuevos restaurantes, mostrar una vida plena.

El descanso deja de ser un espacio íntimo para convertirse, a veces, en otra forma de rendimiento.

Cambian los escenarios, pero la lógica permanece.

Antes el éxito se medía por una agenda llena. Ahora también parece medirse por un tiempo libre lleno de experiencias extraordinarias.

No solo buscamos aprovechar el tiempo. Sentimos también la necesidad de demostrar que lo estamos aprovechando. Perdemos la posibilidad de pasar una tarde tranquila sin sentir que estamos desaprovechando la vida.

O, peor aún, sin sentir que deberíamos demostrar a los demás que la estamos aprovechando.

El tiempo vivido

Existe una tercera manera de experimentar el tiempo. Quizá la menos reconocida en nuestra cultura. Es el tiempo que no necesita producir, impresionar ni ser compartido:

  • Es el tiempo de una conversación sin mirar el reloj.
  • De un paseo sin destino.
  • De una comida que no necesita fotografiarse.
  • De una tarde leyendo sin la sensación de que deberíamos estar haciendo algo más útil.
  • No es un tiempo vacío.
  • Es un tiempo plenamente habitado.

Tal vez la verdadera calidad de vida no dependa únicamente de disponer de más horas, sino de desarrollar la capacidad de estar presentes en ellas.

¿Por qué sentimos culpa al descansar y “no hacer nada”?

Porque muchas personas han aprendido a valorar su tiempo casi exclusivamente por su utilidad. Cuando el descanso deja de asociarse al cuidado y pasa a medirse por su productividad, aparecen emociones como la culpa o la sensación de estar desaprovechando el tiempo.

¿Es posible desaprender esa relación con el tiempo?

Sí.

La investigación en psicología muestra que nuestra perspectiva temporal puede flexibilizarse a través de procesos de reflexión, experiencias vitales y cambios conscientes en nuestros hábitos de atención.

¿Qué diferencia existe entre tener tiempo y sentir que tenemos tiempo?

Disponer de horas libres pertenece al tiempo cronológico.

Sentir que tenemos tiempo pertenece al tiempo psicológico.

Y ambos no siempre coinciden.

“Sigo sintiendo que algo urgente me espera.»

No porque tenga mucho trabajo. Sino porque su reloj interior sigue funcionando con el ritmo aprendido durante décadas.

¿Podemos aprender una relación diferente con el tiempo?

En La paradoja del tiempo, Philip Zimbardo y John Boyd proponen que cada persona desarrolla una perspectiva temporal predominante: algunas viven orientadas hacia el futuro, otras permanecen más vinculadas al pasado o al presente. Ninguna de estas perspectivas es buena o mala por sí misma; lo importante es la flexibilidad para adaptarnos a las distintas etapas de la vida.

Esta idea resulta especialmente útil para comprender las transiciones profesionales. La orientación al futuro es una fortaleza en el mundo ejecutivo, donde planificar, anticipar y alcanzar objetivos forman parte del liderazgo. Sin embargo, cuando esa etapa termina, la misma orientación puede dificultar la adaptación si seguimos esperando que el siguiente objetivo nos devuelva la serenidad.

Quizá algunas transiciones no nos pidan hacer más. Nos invitan a aprender una manera distinta de estar en el tiempo.

Transiciones profesionales: el cambio invisible en nuestra relación con el tiempo

Las grandes transiciones no solo modifican nuestra agenda o nuestro rol profesional. Transforman también nuestra relación con el tiempo. Por eso algunas personas disponen de más horas y siguen sintiéndose atrapadas, mientras otras, aun manteniendo agendas exigentes, experimentan una mayor sensación de serenidad.

No siempre cambia el reloj. Lo que cambia es la forma en que decidimos escucharlo.

Tal vez una vida plena no sea aquella en la que aprovechamos cada minuto.

Tal vez sea aquella en la que dejamos de sentir que cada minuto necesita ser justificado.

Y quizá esa sea una de las tareas más importantes de cualquier transición: aprender, poco a poco, a dejar de llegar tarde a nuestra propia vida.

¿Qué clase de relación con el tiempo queremos construir a partir de ahora?


Para seguir profundizando

Libros citados

Lecturas recomendadas

Victòria Conesa

Psicóloga y Executive Coach | Especialista en estrés y transición vital hacia la jubilación de directivos | Identidad, propósito y cambio